El siglo
XIV se vio signado por la desintegración de la autoridad papal e imperial. En
1309,el papa Clemente V desplazó
su sede de Roma a Aviñón, por lo que la Iglesia cayó por 70 años bajo el
influjo de la corona francesa. La autoridad papal se vio completamente
derrumbada durante el gran Sisma de la Iglesia occidental, cuando, entre
1378 y 1415, dos papas –uno con sede en Roma y el otro en Aviñón– se
dedicaron a luchar entre sí y a excomulgar a los adeptos del papa enemigo.
A pesar de
varios esfuerzos militares, el Imperio tampoco estaba en condiciones de
imponerse como fuerza del orden. El país se desintegró en pequeños estados
independientes que perseguían sus propios intereses y que dependían de
ejércitos asalariados para asegurar su poderío. A esto se sumaron las
catastróficas pestes epidémicas, la peor de ellas es la de 1348, descrita
en El Decamerón.
La caída de
la Iglesia y del Imperio favoreció el crecimiento de la burguesía urbana, fortaleció
los primeros intentos de separar el Estado de la Iglesia y fomentó el interés
por la cultura y la historia de la antigüedad clásica. El hecho de que en El Decamerón no haya muchos
personajes de la nobleza en el centro de las historias es un síntoma del
fortalecimiento de la burguesía.
El Decamerón surgió entre 1349 y 1353, poco después
de que Florencia, la ciudad natal de Boccaccio, fuera acosada por la peste. El
título se desprende de las palabras griegas deka (diez) y hemera (día),
y puede traducirse como la obra de los diez días. Esto se refiere a la
estructura de la colección de relatos, para la que el diez –una cifra
considerada sagrada– tiene un significado decisivo.
Boccaccio utilizó numerosas
fuentes para escribir su obra principal –al menos el 90% de su material tiene
su origen en ellas– pero, para la creación literaria se tomó muchas libertades.
En su mayoría, tomó como fuente de inspiración los textos de la antigüedad
clásica, los sainetes y las leyendas francesas, las tradiciones narrativas
italianas y las crónicas locales.
Influencia:
Junto con Dante Alighieri y Francisco Petrarca, Giovanni Boccaccio es uno de los creadores de la literatura italiana. De la mano de La divina comedia de Dante y el Cancionero de Petrarca, su Decamerón constituye un modelo lingüístico para el desarrollo de la lengua italiana culta. Sin embargo, el italiano fue, durante varios siglos, una lengua casi exclusivamente escrita, dominada solo por una pequeña minoría cultural. El pueblo, por el contrario, hablaba el dialecto latino vernáculo propio de cada región. Fue recién luego del surgimiento del estado nacional italiano, en 1861, que el italiano logró imponerse como idioma cotidiano.
Debido a que la lengua de
Boccaccio, Dante y Petrarca estuvo dormida por un tiempo más o menos largo, a
diferencia de los textos medievales alemanes o ingleses, sus producciones
literarias siguen siendo bastante comprensibles en la actualidad.
La colección de relatos de Boccaccio fue reconocida como obra maestra ya en tiempos del Renacimiento y poco después de su publicación aparecieron innumerables imitadores, la mayoría de los cuales ha caído en el olvido. Hasta hoy, El Decamerón es considerado un modelo para el género literario de la colección de relatos. Es una de las obras más importantes de la literatura mundial y uno de los primeros libros en los que personajes como prostitutas, amas de casa, pequeños tahúres, pordioseros, ladrones y vagabundos son presentados sin pretensión de moralidad.
Boccaccio inspiró a autores como Miguel
de Cervantes y François
Rabelais, pero también William
Shakespeare y Molière recurrieron
a él. Gotthold Ephraim Lessing basó
su famosa parábola del anillo de Nathan
el sabio en el tercer relato del primer día de El Decamerón.
